huerto en casa

6. El día que Lola no salió

A las siete, el balcón de Lola seguía vacío.

A las siete y diez, también.

Llamé a su puerta. Estaba bien, pero una gripe la había dejado sin fuerzas.

—Las acelgas —fue lo primero que dijo.

Le prometí que me ocuparía.

Aquel día regué sus macetas siguiendo todas las instrucciones que me había repetido durante semanas. Toqué la tierra. Miré las hojas. Quité las flores secas. Giré una jardinera para que recibiera mejor la luz.

Dani apareció con su botella perforada.

Después llegó su abuelo.

Luego la vecina del segundo.

Sin organizarlo, cada uno hizo una pequeña tarea.

Al terminar, el balcón de Lola estaba cuidado y el nuestro también.

Le llevamos una bolsa con las primeras hojas de lechuga de la caja.

Ella la sostuvo como si fuera un premio.

—Ya lo habéis entendido —dijo.

—¿El qué?

—Que un huerto nunca es solo de quien lo planta.

Tres días después volvió a salir.

Y encontró una sorpresa esperando en el patio.

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