7. Un metro cuadrado para todos
El patio tenía un rincón que nadie utilizaba.
Exactamente un metro cuadrado.
Allí colocamos dos cajones recuperados, una capa de cartón, compost y sustrato. Nada sofisticado. Nada perfecto.
Plantamos acelgas, habas, ajos y algunas aromáticas.
Lola presidía la operación desde una silla, todavía recuperándose.
Dani hizo los carteles con rotulador. Su abuelo instaló una pequeña cuerda para guiar las plantas. Yo anoté las fechas en una libreta.
Cuando terminamos, alguien preguntó quién sería el propietario.
Lola señaló el cartel de Dani.
Había escrito:
HUERTO DE CASA.
No “de la comunidad”. No “de los vecinos”. De casa.
Y quizá por eso sonó tan bien.
Los rabanitos de la vieja maceta ya estaban listos para cosechar.
Guardé el más grande.
Tenía claro para quién era.


