1. La maceta que nadie quiso
Todo empezó con una maceta rota.
Estaba junto al contenedor, con una grieta de lado a lado y un poco de tierra seca pegada al fondo. Cualquiera habría visto basura. Yo vi sitio para tres semillas.
La subí al balcón, tapé la grieta con una piedra y sembré rabanitos. No porque supiera mucho de huertos. Al contrario: los elegí porque alguien me dijo que eran agradecidos con los principiantes.
Durante cuatro días no pasó nada.
El quinto, apareció un punto verde. Después otro. Y otro.
Me sorprendió la alegría absurda que puede caber en algo tan pequeño. Desde la ventana de enfrente, una mujer mayor me vio agachado sobre la maceta y levantó el pulgar.
—Ahora ya no podrás parar —gritó.
Se llamaba Lola.
Yo todavía no lo sabía, pero aquella maceta rota no iba a enseñarme a cultivar rabanitos. Iba a enseñarme a mirar el barrio de otra manera.



