huerto en casa

2. Lola regaba a las siete

Lola regaba siempre a las siete.

No a las siete y cinco. No cuando se acordaba. A las siete, cuando el sol dejaba de golpear su balcón y la tierra parecía respirar.

Una tarde me vio ahogar mis rabanitos con una regadera enorme.

—No les des agua porque tú tengas sed —me dijo—. Mete un dedo en la tierra.

Obedecí. Debajo de la superficie estaba fresca.

—Las plantas hablan bajito. Por eso hay que acercarse.

A partir de ese día cambié la regadera por una botella con agujeros en el tapón y empecé a tocar la tierra antes de regar.

También empecé a hablar con Lola.

Me contó que llevaba treinta años cultivando tomates, perejil, acelgas y cualquier semilla que pudiera caber en una jardinera. Su huerto medía poco más de tres metros cuadrados.

—Un huerto no se mide en metros —dijo—. Se mide en veces que sales a verlo.

Aquella noche salí tres veces.

En la tercera descubrí algo blanco moviéndose bajo una hoja.

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