huerto en casa

5. La caja de las cosas pequeñas

Forramos la caja con tela, hicimos unos agujeros y la llenamos de sustrato.

Dani quería plantar sandías.

Lola miró el tamaño de la caja.

—Podemos querer mucho a una sandía y aun así no tener sitio para ella.

Elegimos lechugas, espinacas y unas pocas cebollas.

Fue la primera vez que entendí una de las reglas más útiles del huerto urbano: no cultivar lo que cabe en nuestros sueños, sino lo que cabe en nuestro espacio.

Durante aquella semana, otros vecinos empezaron a detenerse.

Uno trajo una maceta vacía. Otra dejó semillas de perejil. El abuelo de Dani apareció con una caña de bambú y la convirtió en tutor.

La caja se llenó antes de que nos diéramos cuenta.

Pero lo curioso no era lo que crecía dentro.

Era lo que empezaba a crecer alrededor.

Personas que llevaban años compartiendo escalera comenzaron a compartir tomates, esquejes, consejos y cinco minutos de conversación.

Hasta que una mañana Lola no salió a regar.

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