huerto en casa

8. El primer rabanito

Saqué el rabanito con cuidado.

Era rojo, redondo y bastante más pequeño de lo que muestran las fotografías de los sobres de semillas.

Me pareció perfecto.

Crucé el rellano y llamé a la puerta de Lola.

—El primero es tuyo.

Lo miró durante unos segundos.

—No.

Y volvió a ponerlo en mi mano.

—El primero se comparte.

Terminamos cortándolo en cuatro trozos: uno para Lola, otro para Dani, otro para su abuelo y otro para mí.

No sabía a victoria. Sabía a rabanito. Picante, fresco y pequeño.

Pero mientras lo comíamos, miré el patio: las cajas, las macetas, las etiquetas escritas a mano, las botellas convertidas en regaderas.

Todo había empezado con algo que alguien dejó junto a un contenedor porque creyó que ya no servía.

Desde entonces guardo una idea para cada persona que me dice que no tiene espacio, experiencia o tiempo suficiente para cultivar.

No hace falta empezar con un huerto.

A veces basta con empezar con una maceta rota.

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